El herpes zóster (HZ), conocido también como culebrilla, es una enfermedad causada por la reactivación del virus varicela-zóster (VZV), que pertenece a la familia Herpesviridae. Después de una infección primaria (varicela), el virus permanece de manera latente en los ganglios sensoriales y, en condiciones de inmunosupresión o envejecimiento, puede reactivarse, dando lugar a la formación de lesiones vesiculares dolorosas. La incidencia del herpes zóster varía significativamente según factores geográficos, demográficos y socioeconómicos.
Las estimaciones globales indican que, aproximadamente 1 de cada 3 personas desarrollará herpes zóster a lo largo de su vida, lo que refleja una alta carga poblacional. En Estados Unidos, se documentan entre 1 y 4 casos por cada 1,000 personas/año, con una incidencia aumentada en adultos mayores de 50 años. A nivel global, la incidencia anual se calcula entre 3 y 5 casos por cada 1,000 habitantes en países con sistemas de salud bien establecidos. La incidencia aumenta de manera exponencial a medida que la edad avanza. En personas de 60 años o más, la tasa de incidencia anual puede ser de 10-12 casos por cada 1,000 personas, números que van incrementándose conforme avanza la edad. Es más frecuente en mujeres que en varones, sin embargo, es más grave en varones especialmente en mayores de 70 años.
Los principales factores de riesgo para desarrollar herpes zóster incluyen; la edad avanzada, a menudo caracterizada por un decrecimiento en la función del sistema inmunitario, pacientes que están en tratamiento con inmunosupresores o pacientes que han sido diagnosticados de HIV. El estrés crónico y trauma. Las enfermedades crónicas como diabetes mellitus tipo 2, problemas respiratorios crónicos y trastornos cardiovasculares también son factores predisponentes.
Los síntomas del herpes zóster incluyen: dolor, ardor u hormigueo, sensibilidad al tacto, sarpullido rojo que aparece unos días después del dolor, que luego se transforman en ampollas llenas de líquido que se abren y forman costras, con picazón intensa, hormigueo en la piel, y dolor punzante. Las lesiones se presentan como una banda en el tórax o en el rostro más frecuentemente.
Las complicaciones más frecuentes del herpes zóster son: La neuralgia postherpética que se presenta en aproximadamente 20-30% de los pacientes mayores de 60 años, es una condición de dolor crónico que puede persistir durante meses o incluso años. Problemas oculares como la infección del nervio trigémino puede llevar a problemas oculares graves, como queratitis, uveítis y ceguera. La incidencia de herpes zóster ocular es de aproximadamente 10-25% de todos los casos.
Las infecciones bacterianas secundarias, de manera especial en pacientes inmunocomprometidos o con heridas abiertas, en el que las lesiones vesiculares pueden infectarse secundariamente, llevando a complicaciones como celulitis o sepsis puede ser una de las complicaciones más graves. Además, infección del sistema nervioso central (SNC) que, en casos raros el virus de la varicela zoster puede, provocar encefalitis o mielitis transversa.
La vacunación es la principal estrategia preventiva para reducir la incidencia de herpes zóster y sus complicaciones, en especial la neuralgia postherpética.
En conclusión, la vacunación masiva en adultos mayores de 50 años es crucial para reducir la carga del herpes zóster y prevenir las complicaciones asociadas. Un manejo precoz, es decir la aplicación del tratamiento antiviral temprano prescrito por un proveedor de salud (con aciclovir, valaciclovir o famciclovir) es esencial para reducir la severidad del brote y el riesgo de complicaciones como la neuralgia postherpética.
La información permite actuar de una forma responsable, si está en el grupo de edad de riesgo, vacúnese.






